El día que todo cambió

Era un soleado día de 2014. Mi hermano y yo teníamos una comida de trabajo con los dueños de la empresa. Nosotros éramos los directores desde el minuto cero. Cuando no tenía ni nombre ni oficina.
La reunión fue en un restaurante de la zona de Bilbao, en el centro aliviado de Madrid. Uno de esos lugares en los que si comes a diario, sabes con certeza que tu salud y tu bolsillo correrán la misma suerte.
La comida transcurrió como habitualmente. Con los chascarrillos corrientes y normales que tantas veces habíamos escuchado, sobre todo por parte de nuestro jefe: “qué tal, ¿bien o como siempre?”, “cuánto me haces sufrir”, “es tanto lo que tiene uno oído” y la infalible “otro días venimos más despacio”… vamos, el festival del humor.
Me resultaban tan familiares que, inconscientemente, yo participaba como si fuera el perro de Paulov. Al fin y al cabo, había sido programado así durante dieciocho años. Si embargo, uno de esos chascarrillos iba a cambiar para siempre el curso de los acontecimientos.
Aquella comida no era porque sí y estaba alejada de la generosidad en estado puro. Era para pedirnos, ¡oh novedad!, más compromiso con la empresa. Pero sobre todo, era una reunión para atarnos en corto tras haber notado ciertas actitudes poco habituales en nosotros, como era el hecho de no estar de acuerdo con todo lo que nos llegaba desde “arriba”.
Hasta que llegó la frase que habíamos escuchado decenas de veces y en todos los formatos durante aquellos años, pero que esta vez iba a mutar en boomerang:
– Porque vosotros cobráis puntualmente, ¿verdad? – apuntó nuestro Jefe.
Transcurrieron tres eternos segundos sin que ninguno de nosotros asintiera, como habitualmente.
– Es que si usted no me paga, yo mañana no vengo – replicó mi hermano.
Dos limones imaginarios bajaron por el gaznate de nuestro interlocutores a toda velocidad. Ella, como siempre, lo llevó peor porque no estaba acostumbrada a ser contestada por nadie. Él, sin embargo, llevaba puesta una coraza 24 horas que no creo que se quitara ni para dormir.
Aquella frase de mi hermano me hizo sentir como cuando daba la cara por mi en el patio del colegio o en el barrio. Me hizo sentir protegido por mi hermano mayor, que había demostrado una valentía que de modo embrionario, yo iba a necesitar hacer mía para afrontar los acontecimientos que estaban a punto de llegar a mi vida.
AUTOR: Nacho Caballero
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