La mirilla

Me tocó vivir en el Portal 3 de La Plaza. Resultaba fresquito en verano y templado en invierno, convirtiéndose sin pretenderlo en lugar de acogida en lugar de tránsito. Un espacio que sin ser de nadie, al mismo tiempo nos pertenecía a todos.

Las mujeres del edificio se repartían los turnos para limpiarlo. Rara vez se veía aun hombre desempeñando aquel cometido.

Cada una de ellas dejaba su sello. Durante unas horas mutaban en agentes de movilidad y dirigían el tráfico de personas y establecían prioridades sobre el suelo recién fregado. En verano desenfundaban la manguera a su antojo para regar la zona ajardinada colindante al portal; representaba el momento de mayor poderío en aquella zona común que alimentaba las entradas y salidas de los dieciséis pisos de aquel edificio de cuatro plantas.

En aquel portal de idas y venidas también se dieron situaciones de acogida temporal. Los chavales que cuando hacía mal tiempo, usábamos el portal para jugar primero al escondite y tiempo después a las primeras maquinitas japonesas. Eso irritaba a algunos vecinos, que se tomaban la justicia por su mano más allá de la jurisdicción de su hogar y nos perseguían en espacios intervecinales.

Recuerdo como especialmente dramáticas, aquellas situaciones en las que los refugiados eran niños que no tenían llaves y no había nadie en casa. Los más atrevidos llamaban a casas de confianza para pedir asilo temporal.

Llamaba la atención aquel chaval que no tenías llaves pero que sabía que su padre estaba durmiendo en el interior. Pulsaba el timbre como si quisiera quemarlo, transmitiendo su enfado a ese inocente interruptor de dos sílabas: ding, dong. A veces el padre se levantaba y abría. Otras veces el cansancio de su trabajo nocturno le mantenía dormido.

Recuerdo más personajes singulares de esta comunidad en la que crecí.

Los del Primero A tenían un negocio “en negro” bajo el enigmático nombre de “se forran botones”. Sus hacendosos artesanos eran dos ancianos adorables libres de toda sospecha, que remendaban su escasa pensión con ese trabajo que terminé años en entender en qué consistía. Creo que los únicos que terminaron forrados fueron los botones.

También en esa primera planta vivía la Gran Mirilla del portal en el Primero B, que curiosamente, era la primera en verlo todo. Se llamaba Maruja y ejercía como tal. Como si el nombre hubiera determinado su misión en la vida. Lo mismo que puede ocurrirle a las Angustias, Consuelos o Finas.

Nadie escapaba al control de su mirilla. Una digna antecesora del mono de Toy Story 3. Se alimentaba de estar al tanto de quién entraba y quién salía del edificio 24/7. Si se hubiera cometido algún crimen durante su misión de vigilancia, ella hubiera sido una testigo de cargo excepcional.

Como beneficio colateral, se convirtió en la proveedora de calcetines huérfanos y otras prendas que se habían caído al patio de luces. Era capaz de adivinar su dueño y abrir la puerta de su casa dos segundos antes de que pasara por delante. Con la precisión de un GPS de las prendas perdidas.

El resto del primer piso lo completaba gente de cierta edad (y visión de futuro), que quería minimizar la subida de escalones ante la falta de ascensor.

Una de las singularidades de este edificio es que las escaleras eran de una sola pieza. Un total de dos escalones de prólogo para todos y luego quince peldaños seguidos por planta. Excepto la primera, que tenía dieciséis. Nadie supo nunca el por qué de ese escalón de más.

En el Primero D vivía un joven adelantado a su tiempo. En lugar de emanciparse e irse de casa de sus padres, esperó a que la ley de la vida hiciera que fueran ellos los que se fueran de su casa para siempre.

En el Segundo B es donde vivía aquel chaval que despertaba a su padre con ira cuando se le habían olvidado las llaves.

Enfrente de esa puerta habitaba una familia que perdió a una hija en un accidente de coche. Esa experiencia nos marcó a todos los niños del barrio. La primera vez que nos preguntamos por aquel fenómeno llamado muerte.

Al poco tiempo de aquel suceso se produjo el incendio del Cuarto D. Fue un día tórrido en plena emisión del capítulo de estreno de Verano Azul. El incendio se originó por un cortocircuito, según informaron los bomberos, que nos parecieron lo más parecido a Superman. Ver aquellas llamas devorando un hogar como el mío desde la calle era estremecedor. Lo que mi nariz recuerda nítidamente todavía hoy, es el olor que quedó en el edificio durante semanas.

Aquella doble experiencia me enseñó que la mortalidad forma parte de la vida. Cuando llegó lo de Chanquete, yo ya había perdido la inocencia.

El último episodio trágico que recuerdo de aquel edificio, sucedió un 11N de hace quince años. El padre maltratado por su hijo con aquel timbre, salió de casa para tirar la basura como una noche más. Todo sucedió delante del Primero B, cuya inquilina adicta a la mirilla había fallecido pocos días antes.

Enfiló aquella escalera defectuosa completamente solo, con la incertidumbre de aquellas luces del portal que se apagaban por sorpresa. De repente, su cuerpo cayó desplomado sobre el suelo junto a los buzones. Nadie sabe desde qué altura ni la causa por la que se quedó de repente sin fuerzas. Ni siquiera las suficientes para amarrarse a la vida en aquellas barandillas comunitarias pintadas al gusto del presidente de turno.

Su hijo contempló el cuerpo de su padre tumbado en el portal, rodeado de vecinos consternados. Su padre estaba todavía vivo, pero solamente por fuera. Al poco tiempo entró en un coma del que ningún timbre podría despertarlo jamás.

Una vez más, un desgraciado accidente. El decimosexto escalón fue absuelto por falta de pruebas.

AUTOR: Nacho Caballero.

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